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Gatos y pepinos: la extraña fobia que tienen los gatos a los pepinos (VIDEOS)

Sociedad

Por: pijamasurf - 09/05/2017

Un peculiar fenómeno viral: personas asustando gatos con pepinos. ¿Por qué le temen los gatos a los pepinos?

Aunque los gatos en muchos aspectos parecen ser una especie superior a los humanos, y han logrado dominarlos para que los mantengan --y ciertamente son los amos y señores del Internet, donde reciben culto ininterrumpido-- estos pequeños felinos tienen un punto débil. Los gatos tienen terror ante los pepinos --y para ser sinceros, quizás a muchos otros objetos largos, puntiagudos; no tanto a los objetos que parecen falos, sino a los objetos que podrían ser serpientes, según teorizan algunos.

Este temor irracional a los pepinos ha generado toda una serie de videos y memes en los que vemos gatos asustados tremendamente por la irrupción de un pepino en su espacio personal. Gatos que vuelan por el aire, salen tendidos alejándose de estos amenazantes objetos.

Hay quienes señalan que estos videos son simplemente crueles (y, ciertamente, tienen un punto: ¿acaso te gustaría que alguien colocara algo que parece a todas luces una serpiente, de manera furtiva, en tu espacio personal?), pero muchos más los consideran divertidos por los millones de vistas que tienen. Así tenemos otro fenómeno, un tanto inane, característico del Internet, donde el entretenimiento triunfa siempre.

 

Amor en tiempos del capitalismo o por qué hemos dejado de amar

Sociedad

Por: PijamaSurf - 09/05/2017

"Al capitalismo le da igual que estés borracha de amor, feliz, eufórica, exultante, cachonda, preocupada, angustiada, desesperada, triste, ansiosa, enojada"

Hay que levantarse temprano para ir al trabajo o la escuela, pasar horas en el tráfico hasta llegar allí, transcurrir las siguientes 8 o 10 horas laborando, compartir el día a día con personas que pueden convertirse en los mejores compañeros, amigos o enemigos, comer en tuppers o comida rápida cercana de la oficina, salir del trabajo o escuela para pasar otras horas en un embotellamiento automovilístico, llegar a casa y prepararse para ir al gimnasio, psicólogo o siquiera hacer un poco de limpieza, cenar y tratar de desconectar la mente hasta conciliar el sueño. Todo esto, para poder ganar lo necesario para nuestros lujos.

Desgraciadamente pasan los días y, sin darnos cuenta, nuestro cuerpo y mente se convierten en máquinas de producción con mínimas dosis de felicidad. En palabras de la colaboradora de Pikara Magazine, Coral Herrera Gómez, es nuestro estilo de vida en la actualidad, el del capitalismo, el que nos está dejando sin tiempo para el amor:

Al sistema productivo le da igual que estés borracha de amor, cachonda, angustiada o de duelo. El capitalismo nos enjaula, quiere que dediquemos nuestro tiempo a trabajar o a consumir: el amor es improductivo. Los feminismos reclaman la conciliación de la vida laboral y el trabajo reproductivo pero, más aún, necesitamos un modelo compatible con el placer y los afectos.

Pese a que vivimos en una “sociedad muy amorosa”, en donde inundan las canciones de corazones rotos, películas de grandes historias en donde el amor triunfa sobre todas las cosas, chismes amorosos de los famosos, aplicaciones móviles para conocer a posibles parejas amorosas o sexuales, publicaciones en redes sociales con hashtags como #RelationshipGoals, publicidades con paraísos románticos de casas, coches, muebles o viajes, la realidad es que hay muy poco tiempo para el amor.

Perdemos la capacidad de amar tanto a la pareja como a nosotros mismos, pues dejamos de ser capaces de proveernos y experimentar placer. La mayor parte del día nos dedicamos a un trabajo que nos da a cambio un salario; el resto es para dormir y “resolver las cuestiones básicas de higiene y nutrición –y otras miles obligaciones de la vida urbana posmoderna–”. Y con mucho esfuerzo energético, con cansancio acumulado encima, hay que tener sexo o hacer el amor con la pareja “al final del día, antes de dormir, y hay que darse prisa para terminar pronto y poder dormir si acaso 7 u 8 horas”. Es como si el tiempo para ver a amigos cercanos, visitar familiares o realizar cualquier pasatiempo que no sea descansar se fuese de las manos .

Sin embargo, pese a las necesidades de la vida posmoderna, las de la vida humana se esfuerzan por salir a flote:

La tiranía del tiempo que se nos va, se diluye cuando nos enamoramos salvajemente. Nos liberamos cuando el subido del enamoramiento trastoca nuestra percepción y relación con el tiempo, como pasa con las drogas. Dejamos de mirar el reloj, las intensas noches de amor se hacen cortas, los instantes sublimes congelan el tiempo y se hacen eternas. […] La química del amor es tan fuerte que somos capaces de pasar noches enteras sin dormir junto a la persona amada, y cada día acudir al trabajo y cumplir tus obligaciones como si nada hubiera pasado: sólo te delata una sonrisa permanente en la cara, las ojeras malvas, la piel tersa y el cabello brillante. A la noche te espera otra desvelada, tú te sientes con fuerzas para todo: nos llenamos de energía cósmica para vivir el presente intensamente.

Desgraciadamente, cuando el enamoramiento pasa y regresamos a la vida real:

perdemos los superpoderes para dedicar horas a hacer el amor y ya el cuerpo responde mal si le sigues quitando horas de sueño. Con el paso de los meses y los años, las parejas se vuelcan más hacia lo social que hacia lo íntimo, y es difícil para muchas volver a construir esos espacios íntimos llenos de magia para detener el tiempo. Así pues, hay gente que se queja de que follamos con prisa, follamos sin ganas, follamos cansadas, follamos poco, o no follamos nada.

El tiempo en la intimidad de la pareja se reduce a escasas horas en el día, mientras que “a las empresas no sólo les damos mucho tiempo de nuestras vidas, sino también nuestras energías físicas, mentales y emocionales”. A las empresas, en realidad, no les importa si un empleado está enamorado, si está enfermo o algún familiar suyo acaba de fallecer: a las empresas sólo les importa que alguien sea productivo. Esto sucede porque:

El capitalismo nos enjaula, aunque no seamos productivas. Al capitalismo le da igual que estés borracha de amor, feliz, eufórica, exultante, cachonda, preocupada, angustiada, desesperada, triste, ansiosa, enojada. Al capitalismo no le importa que tu compañera esté hospitalizada y tú quieras estar cuidando y acompañándola. No le importa si vas a tener una conversación decisiva con tu pareja, si estás de duelo por una ruptura sentimental, si quieres acompañar a una amiga o amigo en momentos difíciles. No le importa, y tú tienes que ir a trabajar, aunque tu abuela se esté muriendo. No le importa si has dormido esa noche por la gripe de tu hija o si te has pasado la noche gozando lujuriosamente. Tú tienes que estar ahí, cumpliendo, aunque no seas productiva y no logres hacer nada ese día.

Si te lo montas por tu cuenta, es lo mismo. No puedes permitirte el lujo, generalmente, de tomarte unos días para tus asuntos personales, porque entonces no comes ese mes. La cadena de producción no puede parar por tus sentimientos, y al capitalismo le conviene que no seamos demasiado felices: nuestra insatisfacción permanente y nuestro dolor nos hacen más vulnerables. Así que la explotación de nuestras energías y tiempos es brutal, porque va más allá de la cuestión productiva. Vivimos en una sociedad represiva a la que le conviene constreñirnos al acceso al placer, al amor, al juego y al disfrute. Prefieren que disfrutemos consumiendo o dediquemos nuestro tiempo a trabajar: el amor es improductivo. Poco rentable.

El objetivo es conciliar la vida laboral y familiar, en donde “un sistema productivo [exista] más acorde a nuestras necesidades vitales, individuales y colectivas”. Más allá de los bienes materiales, se trata de recuperar el tiempo y energía para disfrutar de la vida:

Necesitamos tiempo para amar, para disfrutar del placer en toda su plenitud. Tiempo para escuchar, para viajar, para conocer, para compartir, para construir comunidades con los demás. Tiempo para apoyar, para crear redes, para celebrar, para aprender, para crear. Tiempo para cultivar y nutrir lo único que parece darle un poco de sentido a la vida: los afectos.