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3 signos del síndrome de estrés postraumático y cómo tratarlo en lo inmediato

Salud

Por: pijamasurf - 09/22/2017

Las catástrofes dejan una huella en la psique

El síndrome o trastorno de estrés postraumático (en adelante TEPT) se considera un trastorno mental asociado, como su nombre lo indica, con algún trauma significativo en el desarrollo y la vida psíquica de una persona. En general se caracteriza por la coincidencia de distintos síntomas cuyo origen pueden rastrearse hasta la ocurrencia de un evento traumático, usualmente uno que implicó daño físico, amenazas o peligro para la persona.

El TEPT se ha observado en soldados expuestos a acciones de guerra, niños que sufrieron violencia intrafamiliar, personas que fueron torturadas, mujeres que sufrieron algún tipo de acoso sexual y otras situaciones afines, de las cuales no es posible excluir a quienes atravesaron por una catástrofe imprevisible (natural o social) que implicó la muerte de uno o varios series queridos, la pérdida del patrimonio familiar, la necesidad de desplazarse a otro lugar de residencia, etcétera.

Entre los signos más notables del síndrome de estrés postraumático se encuentran, según Francisco Martínez León, jefe del programa de atención psicológica a distancia de la UNAM, estos tres que pueden servir como una guía breve y expedita para reconocer a personas que pudieran estar padeciéndolo. A saber:

 

1. Hipersensibilidad al entorno

Cualquier movimiento que antes nos parecía normal, ahora nos parece que es un sismo o tenemos la sensación constante de movimiento. Esto no es un acto consciente, pero estamos prestando atención a cosas que normalmente no nos causan impresión.

 

2. Ansiedad exacerbada

“La ansiedad después de un sismo nos trae muchos signos físicos que son más evidentes cuando hay rigidez muscular, dolores de cabeza e insomnio prolongado”. Además de estos que menciona Martínez, también se sabe que reacciones como los ataques de ira, la dificultad para conciliar el sueño y para concentrarse y la irritabilidad se asocian con el TEPT.

 

3. Pensamientos de desolación constantes

"Se piensa constantemente sobre qué va a pasar o qué va a ser de uno en la posibilidad de una réplica, y se tienen constantes recuerdos del evento”. Martínez León menciona este síntoma en relación con el terremoto del pasado 19 de septiembre ocurrido en México, pero en general los “pensamientos negativos” y las evocaciones del trauma sufrido son característicos del síndrome.

 

En cuanto al tratamiento que, en lo inmediato, puede recibir una persona afectada por TEPT, Martínez León ofrece estas recomendaciones:

Escuchar música suave, pintar, hacer actividad física leve que no implique salir a la calle, evitar tener contacto con las imágenes de derrumbes posterior al sismo y tener charlas con los amigos sobre cómo se sienten es importante.

Agrega, además, que el llanto es totalmente normal después de haber pasado por una experiencia traumática. Con todo, es necesario atender esta tristeza derivada del duelo, pues fácilmente puede convertirse en depresión. 

Cabe resaltar, por último, que en ningún caso se recomienda la automedicación y, más bien, hay que buscar la ayuda de un profesional de la salud psicológica que nos ayude a atravesar por esta experiencia.

 

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*Si te encuentras en México y necesitas atención psicológica puedes llamar al teléfono 4161 6041, en donde la Universidad Nacional Autónoma de México ofrece asistencia.

Con información de Verne

Esta es una forma saludable de comparar tu vida con la de otros

Salud

Por: pijamasurf - 09/22/2017

Si el hábito de la comparación es incontrolable para ti, aprovéchalo para desarrollarte personalmente

Para muchas personas, la comparación es un patrón mental inevitable. Por la educación que recibieron, por el ambiente cultural y social en que se desarrollaron y por otras razones de su historia de vida, hay quienes viven cada experiencia de su vida en referencia constante a la vida de otros. “¿Cómo haría esto mi mamá?”, “Esto se parece tanto a lo que hacen mis amigos”, “Tal o cual compañero de clase tiene ya esos tenis que tanto quiero y que mis papás no me han podido comprar”… 

Los ejemplos son múltiples, pero los elemento comunes en todos son pocos y en muchos casos los mismos: una búsqueda constante de validación; apego a lo conocido (con la consecuente dificultad para iniciar cosas nuevas); idealización de aquello que no se tiene y, por el contrario, empobrecimiento de lo que sí se tiene, y algunas más de este tipo.

Y quizá no podría ser de otro modo. Después de todo, la socialización está en nuestro código genético, y aunque quisiéramos que la cultura hubiera tomado otros derroteros, crecemos en un ambiente en que aprendemos a desear lo que otros desean. De hecho, el filósofo Alexandre Kojévè, siguiendo a Hegel, sostiene que el deseo animal se vuelve humano sólo cuando se descubre como deseo socializado, es decir, cuando el individuo se da cuenta de que otros desean lo que él desea.

Con todo, al hablar de comparación, el “amor propio” parece ser el concepto clave. Muchas veces quienes se comparan con otros tienden a hacerlo porque sienten poco o nulo amor hacia sí mismos y, en respuesta, creen que lo que de verdad vale lo tienen los otros. Una relación de pareja, vacaciones de ensueño, un automóvil nuevo, éxitos, fiestas… El mundo de los otros, cuando se mira desde esta perspectiva, puede parecer perfecto, y en consecuencia, al voltear a ver nuestras propias circunstancias, podemos resaltar únicamente nuestras carencias, nuestros “defectos”, y recriminarnos entonces por no tener nada de todo lo que los otros sí disfrutan.

Hace poco, en un episodio del podcast Zen Tips & Habits, el monje budista Shifu Ming Hai habló del hábito mental de la comparación. Grosso modo, la premisa de la que partió el monje es que existe una forma “saludable” de ejercer la comparación: no para empobrecer la percepción sobre nuestra propia existencia sino para hacerla crecer, enriquecerla.

Shifu partió de la pregunta de un hombre de 40 años, Peter, habitante de Hong Kong, quien aseguró que en tiempos recientes se ha alejado de amigos con un nivel económico superior al suyo porque se siente incómodo en su compañía. Peter es profesor y dado que no cuenta con la solvencia de esos amigos, se siente inferior a ellos y por lo mismo indigno de estar en su presencia.

“Deberíamos ser capaces de notar aquello que nos diferencia de los otros, ser conscientes de ello pero mantener el corazón tranquilo”, dice Shifu, y agrega: “Conocer la diferencia pero no reaccionar”.

Esa tranquilidad, esa “no reacción”, es uno de los estados de la mente más difíciles de aprender y adquirir, en buena medida porque muchos años de nuestra vida hemos hecho lo opuesto: reaccionar. Y usualmente, cuando se trata de emociones negativas –dolor, tristeza, enojo, envidia, etc.– se trata de reacciones que de tan inconscientes parecen instintivas, es decir, en las que no solemos poner atención ni cuidado y muchas veces ni siquiera sabemos de dónde provienen.

En ese sentido, el monje no hace un llamado a evitar las emociones negativas, a silenciarlas con “fuerza de voluntad” o a ignorarlas, sino a escucharlas, a prestarles atención compasivamente. En el budismo, en ciertas vertientes de la filosofía griega, en algunas corrientes de la psicología, esta es una constante: considerar las emociones negativas como un “llamado” de la subjetividad para atender un aspecto del ser que clama por ayuda.

¿Cuál es, entonces, la forma saludable de compararse con los demás? En la perspectiva específica de Shifu, la regla es simple: comparar sin juzgar. Esto es, observar aquello que nos distingue de los otros pero sin atribuirle un valor, ni a lo suyo ni a lo nuestro; no pensar que las riquezas de otros los hacen mejores que nosotros, que sus posesiones los elevan por encima de nosotros, que su vida es mejor que la nuestra. En algún sentido, lo único que puede decirse siempre es que es diferente: las circunstancias de los otros son diferentes a las nuestras porque su vida es diferente a la nuestra. “La habilidad de observar sin juzgar es la forma más elevada de inteligencia”, dijo alguna vez Jiddu Krishnamurti.

También es importante, en un segundo momento, intentar entender de dónde provienen esas emociones negativas que nos asaltan cuando nos comparamos con otros. En el caso del hombre del podcast, por ejemplo, ¿por qué justamente la riqueza material le hace sentir menos valioso que sus amigos? Ese sentimiento de inferioridad no se dispara por los mismos motivos en todas las personas; de ahí la necesidad de comprenderlo para, eventualmente, poder revertirlo o cambiarlo por otra forma de pensar y valorizarse.

Ahora lo sabes: si tienes el hábito incontrolable de compararte con los demás, no todo está perdido. Es una de tus mejores oportunidades para desarrollarte personalmente y pasar pronto a otra cosa.

 

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Imágenes: Broken isn't bad