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Realidades paralelas en forma de cuentos: Reflexión de ‘XX’ (múltiples directoras, 2017)

Arte

Por: Psicanzuelo - 08/25/2017

La primera vez que escuché de esta antología fílmica fue en el podcast ‘Post Mortem’ de Mick Garris, donde discutían el tema dos de sus directoras, Karyn Kusama y Jovanka Vuckovic, que dejaban claro que era una película femenina de horror antológica muy libre en sus temas

La caja (Jovanka Vuckovic) tiene intertítulos que recuerdan a El resplandor (Stanley Kubrick, 1980) y van marcando los días de la semana, se va articulando el relato donde Danny (curiosamente, así también se llama el niño de El resplandor), el pequeño de 10 años que siempre ha sido un chico hambriento como casi todos los niños a su edad, deja de tener hambre, desatando la preocupación de sus padres, que piensan llevarlo al doctor. Previamente Danny (Peter DaCunha) conoció a un misterioso hombre (Michael Dyson) que pareciera pertenecer a otra época y tiene un ojo de vidrio, o chueco, con el que lo mira, llevando una caja roja envuelta para regalo.

El sonido de la pista sonora va destacándose en tonos cacofónicos, que resuenan más en los intertítulos pero que a veces saltan a las escenas por medio de las acciones de los personajes, como cuando Danny rasga el plato donde residen los alimentos intactos con su tenedor, haciendo el comedor vibrar con el molesto rechinido. El deterioro del niño se va apreciando en su rostro, ojeras y piel oscura, los ojos se van sumiendo con ayuda de un buen maquillaje. La manera como va incrementando la iluminación cenital en los interiores de la casa de la familia va pronunciando un lúgubre tono a las acciones, son claroscuros ligeros con no tan alto contraste, pero gran gama de grises sin llegar a negros absolutos, o con presencias oscuras alrededor de los close-ups. Llama la atención sobremanera lo logrado de una escena que le da sentido a todo, un sueño  antropófago lleno de temores maternos. El miedo a ser devorado por los hijos, con todas sus implicaciones simbólicas, con reminiscencias de El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante (Peter Greenaway, 1989).

La actriz principal, Natalie Brown, que interpreta a Susan, madre de la familia Jacobs, puebla de matices distintos las escenas. No sólo lleva la batuta emocional de lo que va ocurriendo sino que va dando su tono abstracto al relato, vamos pasando de la serie televisiva al terreno simbólico de lo que enferma en las familias.

Hay que remarcar las animaciones con objetos y muñecas por parte de la mexicana Sofía Carrillo, que recuerdan mucho el trabajo de Jan Svankmajer y de los hermanos Quay. Estos momentos tratan de unificar el ómnibus film, haciéndolos parte de una casa antigua donde residen las historias en distintos cuartos/dimensiones. 

El pastel de cumpleaños (St. Vincent) nos podría estar preguntando: ¿a qué lugares nos lleva estar dopando nuestros sentimientos e ideas por los fármacos recetados por psiquiatras a diestra y siniestra para arreglar sin arreglar nuestros problemas? Es relevante que esta historia la cuenta una mujer porque habla del sentimiento de una madre drogada de bienes materiales, estatus y Xanax, que sucede en estos nuevos contextos para un ama de casa acomodada en un país de primer mundo. La directora Annie Clark, que curiosamente firma su corto con el nombre de su proyecto musical, St. Vincent, tiene un acercamiento estético mucho más que ver con un videoclip que con una película, lo que permite algo inusual en la gran actriz Melanie Lynskey (Criaturas celestiales) que interpreta a Mary, una libertad absoluta en sus movimientos y conducta, llegando a resultados trascendentes en escenas que lejos de parecer extraídas de Weekend at Bernie’s (Ted Kotcheff, 1989), son abstracciones sentimentales nuevamente de la forma en que vivimos, en enfermedad disfrazada de alegría. Como pocas veces se le permite a la actriz mirar el vacío, y llenarlo al mismo tiempo como clown de eternidad colorida.  

Hay múltiples referencias a películas de los años 80, la más obvia sería el momento dentro del clóset mirando afuera por la rendija de Terciopelo azul (David Lynch, 1986) donde juega la mirada fuera del clóset hacia adentro como variación, la mirada del fantasma-niña de sábana.

La vergüenza social que lleva a la mujer a esconder el suicidio de su esposo ¿sin tener nada que ver? en un high key fotográfico como si fuera una comedia romántica, pero llena de humor negro que comenta mucho más de lo que se ve a simple vista.

No te caigas (Roxanne Benjamin) ocurre en un desierto californiano sobreexpuesto fotográficamente, que no solo sirve de telón de fondo sino que articula al contrincante de los personajes, al monstruo, que de manera clásica reside adentro pero es proyectado afuera. La amenaza viene del pasado, de lo ancestral que duerme para ser despertado, por el camino en forma de antiguos enigmáticos petroglifos.

La noche arropa a los personajes en su camper, con varias bebidas alcohólicas y marihuana. Después de altas horas de la noche, cuando se oculta la luna llena, atrás de alguna montaña ocurre la transformación de uno de los viajeros que es poseído por el espíritu de algún ser, recluido en algún petroglifo. El maquillaje del atávico ente nocturno es sorprendente, sostenido en la coreografía de sus movimientos animales.

Su único hijo vivo (Karyn Kusama, directora de Aeon Flux, Diabólica tentación y La invitación) inicia con un sueño que es articulado por medio de close-ups pronunciados, donde un doctor se pone de acuerdo con un paciente con un puñado de dólares. Al despertar del sueño somos testigos de cómo la soñada es el personaje principal, siendo también el que soñó. Ese juego conceptual sigue jugando por medio de su hijo, que también de algún modo es ella misma, pero en unión con su ser deseado, el padre del mismo. La figura del padre explorada sin verlo directamente, la amenaza de lo masculino en el ser más próximo que no se deja de querer poseer toda la vida.

Kusama, quien es sin duda y por mucho la más experimentada de la terna de directoras que componen este filme, logra llegar muy lejos en temas familiares oscuros por medio de una sincera mirada femenina.  

 

Twitter del autor: @psicanzuelo

Solvitur ambulando: Por qué una caminata bien puede ser la solución a tus problemas

Arte

Por: pijamasurf - 08/25/2017

Los beneficios para la salud, la inteligencia, la creatividad y la espiritualidad de una sencilla caminata

Caminar es seguir considerando las cuestiones de la eternidad, la soledad, el tiempo y espacio… Pero con base en la experiencia. Con base en cosas muy simples, cosas muy ordinarias.

Fréderic Gros

Hay pocas actividades más poéticas, filosóficas, meditativas y sanas que caminar. Una buena caminata conjuga todo esto. Tenemos la poesía de observar el paisaje, la luz, los sonidos y su interfaz con nuestra mente (que puede llegar a crear versos o melodías). La caminata es también un ritmo, y nuestros pensamientos pueden recoger oleadas rítmicas. Al caminar, los pensamientos que se producen son más frescos y lúcidos. La mente se vuelve más amplia con el espacio. Las cosas transitan en torno a nuestra percepción y se desvanecen, notamos los cambios. Algunos fenómenos resaltan y nos invitan. Naturalmente reflexionamos sobre la vida, sobre el movimiento, sobre la belleza --y lo hacemos de una manera más libre y menos anquilosada que sentados en una habitación. Es posible practicar lo que Balzac llamó "la gastronomía del ojo" o el llamado flânerie. Podemos también caminar para meditar, poniendo atención a lo que sucede en el espacio, a nuestro propio cuerpo mientras camina, los músculos, el aire, la respiración; observar la relación entre el entorno y los pensamientos que se producen. Notar que existe tal relación, que no hay una marcada separación. Y una buena caminata es un alivio para el cuerpo-mente, como bien saben los japoneses con sus baños de bosque o como es evidente para los científicos, ya que caminar es hacer ejercicio y es tomar una pausa de la existencia moderna dominada por las pantallas, las distracciones y el estrés sedentario. Estudios muestran que una caminata en el bosque es tan revitalizante como una taza de café y que caminar tiene efectos antidepresivos.

Desde las grandes caminatas de los monjes zen en la naturaleza hasta las caminatas filosóficas de Kant y de Nietzsche o las caminatas poéticas en los paisajes verdes de Inglaterra o en las montañas de la cordillera de los Alpes de los poetas románticos, la caminata tiene un linaje intelectual y espiritual difícil de superar. El hecho de que lo tengamos que resaltar es quizás preocupante: ciertamente, hubo un tiempo en el que caminar era una actividad inevitable cuyos beneficios, por lo tanto, no sobresalían. Hoy en día caminar sigue siendo necesario, tanto por la necesidad de hacer ejercicio como, sobre todo, por la necesidad de interrumpir la enajenación cotidiana a la que están sometidas gran cantidad de personas que pasan la mayor parte del tiempo sentadas consumiendo incesantes ríos de información digital que secuestra su atención. En contraste con esto, caminar es ya una meditación, pues al menos nos obliga a poner atención --aunque sea medianamente-- al presente, a lo que está enfrente, y nos da una presencia dinámica. Más aún sí caminamos conscientemente, sin checar el teléfono, tratando de que nuestra atención no se quede con algún objeto que vimos o con algún recuerdo o pensamiento pasado. Podemos observar todas las cosas que vemos, incluso absorberlas íntegramente, y notar sus evocaciones, pero no nos apegamos a ninguna. Seguimos observando, seguimos caminando.

Decimos que caminar puede resolver tus problemas porque la mayoría de los problemas son generados por el pensamiento que se obsesiona. Son fijaciones. Son fardos que se alimentan de la atención de la mente. Evidentemente uno puede salir a caminar y seguir obsesionado con un problema, pero es al menos más fácil dejar de pensar obcecadamente en algo cuando estamos en movimiento, cuando nos salimos de un espacio cerrado y se nos presentan estímulos cambiantes, generalmente más frescos. Muchas veces lo que necesitas es sólo un respiro, un cambio de perspectiva. Asimismo, muchos de nuestros pensamientos y recuerdos están ligados al espacio y a los objetos de dicho espacio, que surgen de manera dependiente. Nota cómo, si cambias de lugar, tus pensamientos cambian.

Si has detectado que estar distraído te frustra, y entras en círculos viciosos realizando actividades inanes e insignificantes en el lugar donde pasas más tiempo, es indudable que una caminata te caerá muy bien. Caminar te sacará del loop y te permitirá reiniciar un proceso con nuevos bríos. Especialmente si sales a caminar con la intención de estar atento (para esto puedes poner tu atención en la respiración o decir un mantra). No te imaginas cuántos problemas tienen como causa simplemente estar distraídos; el maestro Dzongsar Kyhentse Rinpoche incluso se atreve a decir que todos los problemas, de alguna manera u otra, tienen que ver con la distracción. Sal del pantano y la miasma de tus pensamientos y camina un poco.

Si tus problemas son de tipo físico (y no tienes impedido caminar), una caminata puede ser la mejor medicina. Esto es especialmente cierto si tienes un problema mental, ya sea depresión, ansiedad o simplemente un dolor de cabeza. David Kessler, ex comisionado de la FDA (Food and Drug Administration) sugiere en su libro Capture que todas las enfermedades mentales tienen en común un desbalance de la atención selectiva, lo que llama "captura". Nos enfermamos mentalmente cuando algo captura nuestra atención de manera obsesiva. Cuando nos encasillamos, nos encostramos, nos enclaustramos mentalmente y recirculamos las mismas ideas obsesivamente sin refrescarlas. Como dijera William Blake: "el que piensa y no actúa engendra pestilencia". Hay que salir a caminar un poco.

Para las cuestiones digestivas, resulta útil recordar la admonición de los pobladores de Okinawa, la isla japonesa que tiene uno de los más altos índices de personas centenarias. Ahí se recomienda comer sólo hasta llenarse en un 80% (lo que se llama "Hara hachi bun me") y dar 80 pasos después de comer.

Incluso si buscas una solución intelectual a un problema, si sientes que necesitas pensar bien algo (y reconociendo que pensar mucho generalmente no soluciona un problema), caminar bien puede ser la solución. El efecto eureka llega tanto caminando como en la tina. Ambos procesos comparten salirse del tren de ideas y actividades en las que estamos enfrascados, relajarse y dejar que la mente inconsciente, mucho más amplia e innovadora que la mente racional, pueda surgir a la superficie, como una burbuja. 

"Creo que en el momento en el que se empiezan a mover mis piernas mis pensamientos empiezan a fluir", escribió Henry David Thoreau. Si queremos tener pensamientos más lúcidos y dinámicos, capaces de ver las cosas desde otros ángulos, incluso permitir que despegue el ojo arquímideo, caminar es una buena opción. Ferris Jabr agrupa en The New Yorker una serie de estudios que indican que caminar promueve nuevas conexiones cerebrales, incrementa el volumen del hipocampo (una región asociada con la memoria) y fortalece el tejido cerebral que suele desgastarse con la edad.   

Por último hay que mencionar, para aquellos propensos a la espiritualidad, la posibilidad de que la caminata, en su más alto estado contemplativo, se convierta no sólo en una meditación en movimiento sino en una oración. Caminar puede ser una forma de orar con todo el cuerpo, de dejar de ser alguien y ser sólo rezo, clamor divino, algo que sugirió San Agustín.

La frase latina "solvitur ambulando", literalmente significa "se soluciona caminando". La frase puede tomarse literalmente, un poco como lo hemos hecho aquí: caminar es una disolución del problema en la actividad, movimiento que disuelve la coagulación del pensamiento. Por alguna razón, al caminar todo se aligera. Y también como se ha interpretado, sugiriendo que las cosas se resuelven realizando experimentos prácticos, poniendo en práctica las cosas. Algo así como la frase "walk the talk", camina lo que dices, sueña con los pies. De cualquier forma, sal a caminar y verás que tu problema no es tan grande como lo pensabas. 

 

Recomendamos el texto: Sobre salir caminar (o caminar como una forma de reclamar y reencantar el mundo)