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¿Cómo descubrir lo diferente en tu vida y aprender a valorarlo?

Buena Vida

Por: pijamasurf - 07/12/2017

Aceptar lo diferente provoca grandes cambios en nuestra vida

En la vida contemporánea nos podemos sentir desbordados por el exceso de estímulos que nos rodea. Sabemos bien que en nuestra época se ha configurado un modelo de experiencia de realidad en el que pareciera imperante siempre estar haciendo muchas cosas, conocer muchas opiniones sobre un mismo tema, saltar de una publicación en redes sociales a otra y así con muchas cosas más, en un ritmo frenético en donde, entre otros efectos, corremos el riesgo de quedar avasallados por ese mar y perder así la brújula de lo que somos, creemos y pensamos. Paradójicamente, el exceso hace que la experiencia del mundo deje la diferencia para encaminarse hacia lo idéntico.

En este sentido, ahora se nos presenta una oportunidad inmejorable y acaso urgente para re-descubrir la diferencia propia de la vida. Desde distintas perspectivas, la idea de lo diferente ha sido reivindicada como un elemento que también da vitalidad al mundo. Sin lo diferente, por ejemplo, no tendríamos capacidad de asombro, pues nos podemos sorprender sólo ante aquello que escapa a nuestras previsiones y la manera en que experimentamos la realidad. La diferencia activa nuestros sentidos, nos lleva fuera de nuestras creencias y, por lo mismo, es capaz de situarnos en territorios que nunca nos hubiéramos atrevido a pisar.

Ser independiente, vivir fuera de la casa familiar, adquirir el primer automóvil, dejar la universidad… éstas son algunas de las circunstancias en donde se vive con mayor ardor la fuerza de la diferencia, al mismo tiempo que se le busca con más empeño. Ser diferente se vive también como un ímpetu por ser arriesgado, creativo, innovador, inquieto: todo ello orientado con un propósito vital que aunque no es sencillo concretar, se sabe que está ahí, animando nuestra existencia.

¿Cómo descubrir lo diferente? En buena medida, relajando nuestros sentidos. Dándonos cuenta de que todo fluye y todo cambia, y aceptando esa mutabilidad. Mirando con atención lo más ínfimo y lo más grandioso, y percibiendo que cada uno de esos elementos tiene el peso específico que lo mantiene presente en nuestro mundo.

¿Y cómo aprender a valorarlo? Sencillo: al tomar conciencia del efecto que eso tiene en nuestra realidad, la manera en que la cambia y, como decíamos, la lleva a un punto imprevisible, siempre nuevo: diferente.

 

Contenido cortesía de Volkswagen México

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La responsabilidad de no asumir las responsabilidades de otros

Cuando somos niños nos es muy fácil sentir empatía por los demás, ya que aún no adquirimos el hábito de hacer juicios sobre cada persona, cada cosa y cada situación; aún no desarrollamos a ese inquisidor interno que todo lo califica. En la infancia nos es sencillo compartir las emociones del otro e incluso sentirlas como si fueran nuestras. Sin embargo, si no aprendemos a diferenciar claramente nuestras responsabilidades emocionales de las de los demás, podemos quedar atrapados fácilmente en relaciones de codependencia.

Muchos adultos creen que los niños no se dan cuenta de nada, que no tienen la capacidad de entender situaciones complejas y problemas familiares; no obstante, cualquier adulto que piense esto seguramente tendrá una pésima memoria y poca capacidad de observación. Quizá un niño no entienda todos los detalles anecdóticos de un problema familiar, pero seguramente siente e intuye el conflicto y el dolor, o por lo menos el estrés y la tensión.

Cuando los adultos son incapaces de ver por sus hijos (o por sí mismos), entonces la balanza se inclina y los niños pueden sentirse responsables de los demás. El niño quisiera curar el alcoholismo del padre, la neurosis de la madre, ganar el dinero que hace falta, revivir al pariente fallecido, curar el Ébola y solucionar cualquier problema que le esté apartando del amor y la atención de su familia. Esto solamente logra que con el paso del tiempo ese niño no sea consciente de sus verdaderas necesidades vitales, las cuales, de haber sido atendidas, le habrían permitido convertirse en un adulto pleno y sano.

Si no aprendemos a reconocer nuestras necesidades vitales (aprender, conocer, amar), empezamos a establecer relaciones de codependencia con la familia; por ello es común que haya personas que están enojadas o resentidas con sus padres por ser alcohólicos, por ejemplo, pero lo primero que hacen es saltar hacia la primera adicción que se les cruza en la adolescencia, pues de alguna forma están siendo “solidarios” con el padre y con la visión de que si un problema no se soluciona, entonces se comparte.

Nos enseñan desde pequeños que los sentimientos son un resultado de las circunstancias y de lo que nos es dado o negado, pero esto no es así: nuestras emociones son una decisión que tomamos frente a las circunstancias, pero si no entendemos esto, las asociaciones emocionalmente abusivas y manipuladoras vuelven en la edad adulta, conduciendo a la codependencia y la sensación de que necesitamos que nos rescaten porque nuestros padres necesitaron ser rescatados.

Es necesario comprender que el enojo, la depresión o la frustración de los padres, abuelos o hermanos, no son nuestros y no son nuestra responsabilidad, así como tampoco nos definen las etiquetas con las que nos han descrito desde pequeños.

En realidad, todas estas emociones y juicios de valor con los que queremos definir al mundo son una decisión (consciente o inconsciente) sobre el género que queremos asignarle a la película de nuestra vida, es decir, a nuestra narrativa de nosotros mismos. Y si decidimos que la vida es una tragedia o un melodrama, así será.

Sin embargo, es importante entender que no es necesario compartir las creencias de los demás para demostrarles nuestro cariño y brindarles respeto, pues no necesitamos ser iguales al otro para hacerlo parte de nuestra vida de una forma sana. Decir "no" a una petición (venga de quien venga) no es una traición; la traición es no aceptarnos como somos y no atrevernos a seguir nuestras necesidades de desarrollo, ya sea profesional, espiritual o de cualquier otro tipo.

Por otro lado, la única manera de liberaros de las emociones negativas de forma saludable es reconocer y aceptar. Construir el hábito de nombrar las emociones que tenemos puede ser la mejor forma de soltar el lastre que llevamos cargando en la espalda.

Una vez que estas emociones son reconocidas, podemos decidir qué hacer con ellas; podemos identificar cómo se originaron y qué podemos hacer al respecto. Así podremos evitar asumirnos como víctimas de una situación y asumiremos la responsabilidad de nosotros mismos. Esto puede ser un proceso largo, pero en última instancia conduce al aprendizaje y al desarrollo.

Una vez que hemos asumido esta nueva forma de ser y hemos quitado la carga de nuestros hombros, nos encontramos, por lo general, con que somos capaces de ayudar a los demás. No obstante, debemos evitar confundir la intención de ayudar con la de rescatar, pues esto a menudo conduce a sentimientos de resentimiento cuando los demás no nos agradecen o no actúan en consecuencia.

Aunque parezca extraño, la falta de una reacción o un juicio de valor es a menudo la mejor manera de ayudar a alguien, y es la mejor manera de reflejar de nuevo hacia ellos la forma en que están actuando para que logren ser conscientes de sí mismos. Ser receptivo, escuchar los espacios entre las palabras y observar las acciones de los otros lleva a la compasión por ellos. Debemos evitar la necesidad de tener el control y entender los procesos de aprendizaje de los demás, aunque parezcan o nos resulten dolorosos.

La mejor forma de ayudar a alguien es permitirle hacer lo que le corresponde. Una planta no crece si no se le da espacio, si no se le deja donde pueda nutrirse de la tierra, donde reciba los rayos del Sol y acceda al agua. Uno no puede hacer brotar las ramas y las hojas para ahorrarle el trabajo a la planta. Uno deja ser a la planta.